Érase una vez, a mediados del siglo XX, un club de fútbol que llevaba
sumido durante 50 años en la más absoluta nada. Pero llegó a
la presidencia un "echao p'alante" con amigos en el poder y vocación
autoritaria, y consiguió pasta para construir lo que, con mucha sorna, se decía
que era "un estadio de primera para un equipo de segunda", y de hecho
se libró un año del descenso por los pelos en el último partido. Ya puestos, había que
llenar el campo, y los amiguetes con mando en plaza les dieron por buena la
compra de un crack, a pesar de que no les fue vendido por el propietario. La
perrería buscaba salir de la irrelevancia, y sobre todo evitar que las dos mega
estrellas de la época coincidieran en el máximo rival, que era el club que
dominaba en el césped.
La sorpresa, más que mayúscula,
fue que el fichaje superó todas las expectativas, y sirvió para armar un
equipazo del carajo. Y fue entonces cuando ese club, que se hizo hueco en el
mapamundi a puros empujones políticos, pasó de nivel, y su Presidente, ebrio de
satisfacción, tomó una decisión que hubiera firmado Capone sin alterar el
pulso: ¡borrar las huellas de excelencia de los clubes rivales! Y dicho y
hecho, la MAFIA I se alió ¡con un puto diario francés!, y parió una competición europea a
la medida, para empezar a decorar con plata la vitrina, y de paso aniquilar de
la memoria colectiva cualquier vestigio de esplendor de los equipos que le
habían mantenido décadas en la intrascendencia. Daba igual que las primeras
ediciones fueran una broma competitiva. Para eso estaba y está la prensa
"ad hoc", para pintar de colores algo muy gris y desangelao, hasta
darle realce para que los trofeos internacionales ganados anteriormente por otros parecieran putos
torneos de mus, y para vestir el invento como si fuera poco menos que el Génesis del fútbol.









































